EL HOMBRE QUE PLANTABA RBOLES JEAN GIONO PDF

Antes de que sea demasiado tarde para el mundo. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. No pude encontrarla. La fuerza con la que golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como la de una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos. Era necesario mover mi campamento. Era un pastor.

Author:Kagajinn Mazusida
Country:Moldova, Republic of
Language:English (Spanish)
Genre:Marketing
Published (Last):11 February 2011
Pages:116
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Slo quien ha cavado la tierra para acomodar una raz o la promesa de sta podra haber escrito la singularsima narracin que es El hombre que plantaba rboles, una indiscutible proeza en el arte de contar. Claro que, para que eso sucediera, era necesario que existiera un Jean Giono pero, por suerte para todos nosotros, esa condicin bsica era ya un dato adquirido y confirmado: el autor exista, slo faltaba que se pusiera a escribir la obra[1].

Tambin faltaba que transcurriera el tiempo, que la vejez se presentara para decir aqu estoy, pues slo a una edad avanzada, como ya entonces era la de Giono, es posible escribir con los colores de lo real fsico, como hizo l, una historia concebida en lo ms secreto de la elaboracin ficcional. Eleazar Bouffier jams existi[2], no es ms que un personaje, hecho con los dos ingredientes mgicos de la creacin literaria, el papel y la tinta con la que se escribe en l.

Y, sin embargo, se convierte en un conocido nuestro nada ms leer la primera referencia que a l se hace, como si se tratara de alguien a quien estuvisemos esperando. Y esa es la conclusin: estamos esperando a Eleazar Bouffier[3], antes de que sea demasiado tarde para el mundo. Jos Saramago Para los rboles Para que en el carcter de un ser humano se desvelen cualidades verdaderamente excepcionales hace falta tener la buena fortuna de poder observar sus actos durante muchos aos.

Si esos actos estn despojados de todo egosmo, si la idea que los gua es de una generosidad sin parangn, si hay certidumbre absoluta de que no ha buscado recompensa alguna y de que adems ha dejado marcas visibles en el mundo, entonces se est, sin riesgo de error, ante un carcter inolvidable.

Hace unos cuarenta aos hice una larga travesa a pie, por montes absolutamente desconocidos por los turistas, en esa antigua regin de los Alpes que penetra en la Provenza. Esa regin est delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte por el curso superior del Drme, desde su nacimiento hasta Die, al oeste por las planicies del Condado de Venaissin y las estribaciones del Monte Ventoso. Comprende toda la parte norte del Departamento de Alpes de Alta Provenza, el sur del de Drme y un pequeo enclave del de Vaucluse.

Eran pramos desnudos y montonos, en el tiempo en que emprend el largo recorrido por esos despoblados, de a metros de altitud. All no creca ms que la lavanda silvestre. Atravesaba esa comarca por su parte ms ancha y, tras tres das de camino, me encontr en medio de una desolacin sin igual. Acamp junto a los restos de una aldea abandonada. No me quedaba agua desde la vspera y necesitaba encontrar ms. Aquellas casas aglomeradas, aunque en ruinas, como un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que tiempo ha all hubo de haber una fuente o un pozo.

De hecho haba una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas sin tejado, rodas por el viento y la lluvia, la pequea capilla con el campanario desplomado, estaban dispuestas como lo estn las casas y las capillas en las aldeas vivas, pero toda vida haba desaparecido.

Era un hermoso da de junio, pleno de sol, pero en esas tierras sin abrigo y elevadas hacia el cielo, el viento soplaba con una violencia insoportable. Sus rugidos sobre los cadveres de las casas eran como los de una fiera salvaje interrumpida durante su comida. Tuve que levantar mi campamento. A cinco horas de marcha, an no haba encontrado agua y nada poda darme la esperanza de encontrarla.

Por todas partes haba la misma aridez, las mismas matas leosas. Me pareci vislumbrar a lo lejos una pequea silueta negra, de pie. La tom por el tronco de un rbol solitario. Por casualidad, me dirig hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas reposaban tumbadas sobre la tierra ardiente cerca suyo. Me dio de beber de su cantimplora y, un poco ms tarde, me condujo hasta su aprisco en una ondulacin de la meseta.

Obtena el agua excelente de un pozo natural, muy profundo, sobre el que haba instalado un torno rudimentario. Este hombre hablaba poco. Es la costumbre de los solitarios, pero se notaba que estaba seguro de s mismo y confiado en esa seguridad.

Esto resultaba inslito en aquel lugar despojado de todo. No viva en una cabaa sino en una verdadera casa de piedra en la que se vea muy bien cmo con su propio trabajo haba restaurado las ruinas que all encontr al llegar. El techo era slido y estanco. El viento que lo golpeaba produca en las tejas un ruido como el del mar en las playas. Su casa estaba en orden, su vajilla lavada, el suelo barrido, su escopeta engrasada; su sopa herva en el fuego.

Entonces me di cuenta de que tambin estaba recin afeitado, que todos sus botones estaban cosidos slidamente y su ropa remendada con el cuidado minucioso que deja invisibles los remiendos. Comparti su sopa conmigo y cuando despus le ofrec mi petaca de tabaco me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como l, era amistoso pero sin zalameras.

De inmediato se haba dado por supuesto que pasara la noche ah; el pueblo ms cercano todava se encontraba a ms de da y medio de camino. Y, adems, yo ya conoca perfectamente el carcter de los raros pueblos de esa regin. Hay cuatro o cinco dispersos en las laderas de esos montes, alejados unos de otros, entre bosquetes de robles albares al final de caminos carreteros. Estn habitados por leadores que hacen carbn con la madera.

Son lugares donde se vive mal. Las familias se apretujan unos contra otros en ese clima de una rudeza excesiva, tanto en verano como en invierno; incomunicados exasperan su egosmo. La ambicin irracional alcanza cotas desmedidas en su deseo de huir de aquel lugar. Los hombres llevaban su carbn al pueblo en camiones y despus regresaban.

Las cualidades ms slidas se quiebran bajo esta alternancia perpetua de situaciones extremas. Las mujeres cocinaban rencores a fuego lento. Haba rivalidad por todo, desde la venta del carbn hasta el banco en la iglesia; virtudes que luchan entre ellas, vicios que luchan entre s y por la incesante lucha general de vicios y virtudes. Por encima de todo, el viento, igualmente incesante, irrita los nervios. Haba epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, casi siempre asesina.

El pastor, que no fumaba, fue a buscar un saquito y lo vaci sobre la mesa, formando un montn de bellotas. Se puso a examinarlas una tras otra, con mucha atencin, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Me dijo que eso era asunto suyo. En efecto: viendo el cuidado que pona a su trabajo, no insist ms. Esa fue toda nuestra conversacin. Cuando el montn de bellotas en buen estado fue lo bastante grande, las cont en grupos de diez.

De este modo iba eliminando an las pequeas o las que estaban ligeramente agrietadas al examinarlas con ms detenimiento. Cuando tuvo ante s cien bellotas perfectas, par y nos fuimos a dormir. La compaa de este hombre daba paz. Al da siguiente le ped permiso para descansar todo el da en su casa. Lo encontr perfectamente natural, o, ms exactamente, me daba la impresin de que nada poda molestarlo. Este descanso no me era necesario en absoluto, pero estaba intrigado y quera saber ms.

Hizo salir su rebao y lo llev a pastar. Antes de salir, sumergi en un cubo de agua el saquito donde haba puesto las bellotas que haba elegido y contado cuidadosamente. Me di cuenta de que a guisa de cayado llevaba una barra de hierro tan gruesa como un pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Hice como el que camina relajadamente y segu una ruta paralela a la suya.

El pasto de sus animales estaba en el fondo de una hondonada. Dej el pequeo rebao al cuidado del perro y subi hacia el lugar donde me encontraba. Tuve miedo de que viniera a reprocharme mi indiscrecin, pero no fue as en absoluto: era su camino, y me invit a acompaarlo si no tena nada mejor que hacer.

Iba a doscientos metros de all, hasta un alto. Llegado al lugar que l quera, comenz a hincar su barra de hierro en la tierra. Haca as un agujero en el que pona una bellota, luego volva a tapar el agujero. Plantaba robles. Le pregunt si la tierra le perteneca. Me respondi que no. Saba de quin era? No saba. Supona que era un terreno comunal, o quizs fuera propiedad de personas a quienes no les preocupaba?

A l le daba igual no conocer los propietarios. Plant as cien bellotas con sumo cuidado. Despus de la comida volvi a seleccionar sus semillas. Creo que fui bastante insistente en mis preguntas porque las respondi. Haca tres aos que vena plantando rboles en esas soledades. Ya haba plantado cien mil. De aquellos cien mil haban germinado veinte mil. De esos veinte mil contaba con que todava se perderan la mitad, a causa de los roedores o de todo aquello que es imposible de prever en los designios de la Providencia.

Quedaban diez mil robles que iban a crecer en este lugar donde antes no haba nada. Fue entonces cuando me interes en la edad de ese hombre. A simple vista tena ms de cincuenta aos. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier.

Haba sido propietario de una granja en el llano, donde vivi. Haba perdido a su nico hijo y despus a su mujer. Se retir a la soledad donde asumi el placer de vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro.

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Sinopsis: El hombre que plantaba árboles

Slo quien ha cavado la tierra para acomodar una raz o la promesa de sta podra haber escrito la singularsima narracin que es El hombre que plantaba rboles, una indiscutible proeza en el arte de contar. Claro que, para que eso sucediera, era necesario que existiera un Jean Giono pero, por suerte para todos nosotros, esa condicin bsica era ya un dato adquirido y confirmado: el autor exista, slo faltaba que se pusiera a escribir la obra[1]. Tambin faltaba que transcurriera el tiempo, que la vejez se presentara para decir aqu estoy, pues slo a una edad avanzada, como ya entonces era la de Giono, es posible escribir con los colores de lo real fsico, como hizo l, una historia concebida en lo ms secreto de la elaboracin ficcional. Eleazar Bouffier jams existi[2], no es ms que un personaje, hecho con los dos ingredientes mgicos de la creacin literaria, el papel y la tinta con la que se escribe en l.

DIE AUTISTISCHEN PSYCHOPATHEN IM KINDESALTER PDF

El hombre que plantaba árboles

Ricalde de Koehnen La novela de Jean Giono que fue escrita alrededor de , es poco conocida en Francia. El texto se pudo recuperar gracias a que contrariamente a lo que sucede en Francia, la historia ha sido ampliamente difundida en el mundo entero y ha sido traducida a trece idiomas. O, si se considera por el resultado; el objetivo es obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. Cedo mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones.

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